Último momento: Las armas secretas de la Roma Antigua fueron los rumores y la desinformación

Un estudio histórico revela cómo los romanos utilizaron noticias falsas, propagadas hábilmente, para ganar guerras, desmoralizar enemigos y justificar su dominio en el Mediterráneo.

Un artículo académico publicado en 2025 en la prestigiosa revista Dialogues d’Histoire Ancienne por el investigador Jorge Barbero Barroso, de la Universidad Autónoma de Madrid, arroja una luz fascinante y poco explorada sobre el ascenso imparable de Roma. Según este trabajo las legiones y la ingeniería no fueron las únicas herramientas de conquista. Los romanos fueron también maestros en el arte de la guerra psicológica y la manipulación de la información, utilizando rumores y desinformación como armas estratégicas en sus campañas militares y en la compleja red diplomática del Mediterráneo antiguo.

El estudio comienza estableciendo un paralelismo comprensible para cualquier lector actual: los rumores y las noticias falsas (hoy llamadas fake news) no son un invento de la era digital. Son un acto comunicativo atávico. En un mundo antiguo donde la comunicación oral era fundamental, un rumor podía propagarse con velocidad vertiginosa, deformarse en el camino y tener un impacto decisivo. Como señala Barbero Barroso, en la antigua Roma, los resultados electorales estaban marcados por los posibles vaivenes inopinados que podían sacudir a los candidatos, merced a la difusión de noticias difamatorias o, por el contrario, ensalzadoras.

La investigación se centra en el periodo de máxima expansión de la República Romana, entre los siglos III y I a.C., y analiza cómo estos fenómenos moldearon decisiones cruciales.

Los rumores en el campo de batalla: pánico, mentiras y victorias

En plena guerra, el control de la información era una cuestión de vida o muerte. Las fuentes históricas, como los escritos de Livio o Polibio, muestran que los rumores circulaban a menudo más rápido que los mensajeros oficiales. Esto creaba un terreno fértil para la manipulación.

El estudio destaca varios casos concretos. El general Escipión el Africano, durante una campaña en Hispania (206 a.C.), sofocó un motín de sus soldados que había empezado con rumores exagerados sobre la gravedad de su enfermedad.

Julio César, en la Galia (58 a.C.), tuvo que calmar a sus tropas aterrorizadas por rumores sobre la ferocidad sobrehumana de los guerreros germanos, difundidos por mercaderes galos.

Los romanos no eran ajenos a crear sus propias falsedades. Al inicio de la Primera Guerra Púnica (264 a.C.), el cónsul Claudio difundió el falso rumor de que necesitaba una nueva orden de Roma para zarpar, logrando con esta artimaña burlar el bloqueo cartaginés.

En la batalla del Metauro (207 a.C.), el cónsul Gayo Claudio Nerón ordenó a sus tropas gritar durante el combate para simular la llegada de refuerzos, desmoralizando completamente al enemigo.

Curiosamente, las fuentes romanas pintan el uso de rumores por sus enemigos como actos de bajeza y traición. Se relata, por ejemplo, cómo Aníbal, durante la Segunda Guerra Púnica, ordenó destruir todas las tierras en Italia excepto las del dictador romano Fabio Máximo, para generar rumores de que este era un traidor que colaboraba con Cartago.

La diplomacia del rumor: senados, espías y noticias falsas

El ámbito diplomático era igualmente vulnerable. En un mundo multipolar y competitivo, una noticia, cierta o no, podía desencadenar una guerra o forjar una alianza.

El artículo muestra cómo el Senado Romano intentó, con el tiempo, centralizar y controlar el flujo de información geopolítica, presentándose como el único árbitro fiable. Enviaba constantemente embajadores para verificar rumores que llegaban de todos los confines.

Por ejemplo, en el año 203 a.C., ante el rumor de que el rey Filipo V de Macedonia enviaba tropas para ayudar a Cartago, el Senado despachó de inmediato a tres emisarios de alto rango para investigar.

Un rumor transmitido por la ciudad de Rodas en el 202 a.C., sobre un pacto secreto entre Macedonia y el Imperio Seléucida, fue uno de los detonantes que llevó a Roma a intervenir militarmente en Grecia y Asia, cambiando para siempre el mapa del Mediterráneo.

Pero la desinformación también era un recurso diplomático activo. El rey Pirro de Epiro, tras ser derrotado por los romanos (275 a.C.), ordenó a sus embajadores que mintieran y anunciaran que había conseguido una alianza con el rey Antígono de Macedonia, cuando en realidad las negociaciones habían fracasado. Este falso rumor le dio un respiro

Otro caso audaz lo protagonizó Escipión el Africano. En el 204 a.C., su aliado númida, Sifax, cambió de bando y se unió a Cartago, enviando emisarios para anunciárselo. Escipión, en una jugada arriesgada, los despachó rápidamente y propagó el rumor contrario: que esos embajadores habían venido a suplicar la intervención romana en África. La mentira logró mantener alta la moral de sus tropas.

Un arma de doble filo y un legado narrativo

El estudio es claro al señalar que los rumores eran un arma de doble filo, difícil de controlar y que a veces se volvía contra quien la esgrimía. También podían llevar a decisiones desastrosas. El artículo cita el caso del cónsul Cayo Hostilio Mancino (137 a.C.), quien, presionado por el falso rumor de que llegaban enormes refuerzos para el enemigo celtíbero, firmó un tratado de paz deshonroso que el Senado luego se negó a ratificar, teniendo que entregar al propio Mancino a los hispanos como castigo.

El autor concluye que el análisis de los rumores va más allá de la anécdota. Revela cómo Roma no solo conquistó territorios, sino que también construyó un relato de su superioridad. En las fuentes históricas, cuando un romano usa el engaño es por ingenio o necesidad extrema; cuando lo usa el enemigo, es por perfidia innata. Esta dicotomía entre el romano y el no romano, escribe Barbero Barroso, servía para nutrir los resortes ideológicos del expansionismo romano, alimentando el soporte discursivo que lo sancionaba.

El investigador concluye que los rumores son un objeto de estudio que en modo alguno constituye una menudencia, sino que juegan un papel crucial a nivel histórico, pero también historiográfico, moldeando las percepciones en las narrativas de los conflictos que sacudieron el Mediterráneo. Y añade: La desinformación, a este respecto, constituye, probablemente, una herramienta en ocasiones añadida al relato de forma ulterior, que sirve como argumento en el que se aprecia la dicotomía entre el romano y el no romano.

El trabajo de Barbero Barroso ilumina una faceta oculta de la maquinaria de expansión romana y ofrece una perspectiva histórica profundamente relevante: la lucha por controlar la narrativa, por sembrar dudas en el enemigo y por justificar el propio poder a través de la información —o la desinformación— es tan antigua como la civilización misma. Roma lo entendió a la perfección y lo aplicó con una efectividad que ayudó a forjar un imperio.

 

FUENTE: Barbero Barroso, J. (2025). Rumorología y desinformación en la interacción diplomático-militar del expansionismo romano.

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